domingo, 6 de enero de 2019

LA ESPOSA DE GASPAR


     El Bosco: La adoración de los magos. Óleo sobre tabla. Museo del Prado.


En primer lugar os diré que llevo años, siglos más bien, con la intención de escribiros para daros las gracias por el recibimiento que cada seis de enero hacéis al espíritu de mi querido esposo y de sus dos compañeros. Gaspar fue un buen hombre, no puedo quejarme, y con él tuve una buena vida. Pero sobre todo, estar a su lado me permitió poder desarrollar mi gran vocación de sabia, de conocedora de los secretos del universo. Juntos observamos las estrellas e hicimos un gran equipo. Porque mi Gaspar no fue rey. No, por mucho que Tertuliano se empeñara, nosotros no éramos de la realeza, ni lo queríamos, aunque a veces, ¿por qué no decirlo?, pienso que no nos habría venido nada mal contar con algo más de riqueza, sobre todo cuando ocurrió todo aquello de la estrella, porque ya se sabe que la ciencia, la erudición y la sabiduría, lo que es prestigio, puede que den, pero de comer..., de comer ya es otro cantar. 

Pues como os iba contando, Gaspar y yo vimos una noche una nueva estrella e inmediatamente nos pusimos a hacer cálculos. Tanto a él como a mí nos intrigó ese extraño astro y no paramos hasta descifrar su significado. En buena ley, tengo que decir que fue mi marido quien encontró primero los datos, pero también que, si no llega a ser por mí, lo hubiera dejado pasar. Para Gaspar, el hijo de un modesto carpintero, aunque este alegara proceder de la familia de un monarca de hacía más de novecientos años, nacido en una aldea perdida de Palestina no revestía ningún interés por grande que fuera el cuerpo celeste que nos anunciaba su llegada. Fui yo la que supe leer la importancia de la criatura, la que calibré el valor de lo pequeño, y la que le abrí los ojos, ya que todo ser que viene a la vida es importante. También vi otras cosas, como el destino que el mensaje de ese niño judío iba correr y las atrocidades que algunos harían en nombre de alguien que, yo lo sabía, había venido a la Tierra a predicar el amor, la justicia y la solidaridad. Pero esas son otras cuestiones y no quiero irme por las ramas, que luego dice Gaspar que soy una parlanchina irredenta y que me pierdo en mil elucubraciones. Lo que pasa es que el muy simple no es capaz de seguir mi sinuoso pensamiento.

Cuando mi buen esposo se convenció por fin de la importancia de nuestro descubrimiento, decidió que tenía que invertir nuestros parcos ahorros en seguir la trayectoria del astro. Yo me puse muy contenta y le dije que tendríamos que salir sin demora, pero mi marido me miró extrañado y me respondió que las cuentas no le salían, que solo uno de nosotros podría hacer ese viaje y que era evidente que una mujer sola no podía viajar pues era una temeridad que una fémina se adentrara por esos inciertos senderos. 

Ya os podéis imaginar cómo me sentó la respuesta de Gaspar. Podíamos haber ido los dos si no se hubiera empeñado en aparentar lo que no era y se hubiera limitado a llevar nuestra pareja de camellos, que siempre nos habían dado tan buen servicio. Pero él estaba convencido (o mejor dicho, lo había convencido yo) de que el niño de Belén merecía todo nuestro agasajo, y además pensaba que no seríamos los únicos magos que habríamos visto su estrella, que habría otros y, por tanto, tendría que estar a la altura. Y a esto hay que añadir que compró el mejor incienso de Arabia, que esa es otra. Por más que le argumenté y le expliqué que un recién nacido lo que necesita son pañales y ropita de abrigo, que el incienso con suerte le serviría para disimular el tufo a chotuno del establo en donde, según nuestras averiguaciones estelares, iba a encontrarlo, no conseguí que abandonara la idea de llevar tan peregrino presente, relacionado con una antigua simbología de los libros de los hebreos. 

Pero lo que Gaspar parecía no saber es que cuando a su querida mujer algo se le metía entre ceja y ceja, nada ni nadie podía pararla. Así que no dije nada y esperé a que mi muy amado esposo hiciera su salida triunfal en la ostentosa caravana que había dejado nuestras arcas más vacías que vuestra famosa calle Sierpes cuando cierra el comercio. Cuando se hubo marchado, con un exiguo equipaje y algunos regalos mucho más sencillos y prácticos que el carísimo incienso de Gaspar monté en nuestra borriquilla, la cual no se había unido al séquito de su amo por haber sido considerada una cabalgadura demasiado modesta para la gran personalidad que se disponían a visitar, y me puse yo también en marcha. ¿Quién ha dicho que una mujer no debe viajar sola?

Sin embargo, no hice sola el camino. En una encrucijada, por la vía que viene de la Hélade, me encontré a una anciana y enseguida nos reconocimos. Ella también había visto la estrella y a ella también su esposo, Melchor, un mago tan sabio y erudito como el mío, aunque de más edad, la había dejado en casa, sordo ante sus peticiones y sus advertencias sobre lo que le había ocurrido a un muy lejano antepasado suyo, un tal Odiseo, que se encontró el tango montado por haberse dedicado a viajar sin su Penélope. Melchor, de la misma manera que Gaspar, había dejado la bolsa familiar temblando a base de comprar buenos caballos y, como a todo hay quien gane, se había empeñado en llevar al niño nada más y nada menos que oro, ya que era el único presente simbólico que había conseguido reconocer en la lengua en la que están escritos los libros de los hebreos. Agradecí en ese momento que Gaspar fuera un más docto filólogo que el marido de mi nueva amiga y supiera reconocer símbolos con un precio menor. 

Cuando ambas estábamos a tres jornadas de alcanzar nuestro objetivo, se nos unió una bella etíope bastante más joven que nosotras. Ella también estaba indignada ya que, a pesar de sus reconocidas dotes como astróloga, su marido, Baltasar, la había considerado una molestia en su viaje, para el cual también había empeñado todos sus bienes con tal de postrarse ante el niño de la estrella y ofrecerle mirra, una aromática resina que se extrae de un árbol de la tierra africana. 

¡Qué buenos recuerdos tengo de nuestra marcha juntas! Las tres reímos y nos contamos nuestras cuitas, cantamos por el camino y nos abrimos el corazón. No necesitábamos los fastuosos cortejos de nuestros maridos ni aparentar nada, tampoco llevar ostentosos regalos que simbolizaran ningún misterio. Íbamos a ver a un niño recién nacido, a su madre y a su padre, y no hay mejor pleitesía que el amor. 

Ante el niño, las tres nos maravillamos con el milagro cotidiano de la vida, la divinidad y realeza que se esconde en la ternura de una madre que amamanta, de un bebé que la mira a los ojos y la reconoce por su sonrisa.

Sin embargo, nuestros sabios e importantes maridos aún no habían llegado. No nos extrañó, pues tirar de tal séquito debe de ser muy pesado ya que se viaja mejor con un equipaje ligero, pero cuando por fin aparecieron con toda su parafernalia, sus camellos y caballos, los pajes a los que habían contratado y sus para nosotras peregrinos obsequios, nos informaron de que su retraso se debía a que antes, cómo no, habían querido presentar sus respetos a Herodes, el tirano que en esos momentos gobernaba aquel país. Y lo que es peor, los muy cenutrios se empeñaban volver para darle la información de dónde se encontraba el niño de la estrella. ¿Habrase visto simpleza más gorda? ¿Desde cuándo puede nadie fiarse de esa clase de gobernantes? ¿Tan magos y tan sabios y no se daban cuenta de que nada bueno haría Herodes con tal información? Dice el relato que en sueños fueron advertidos, pero no es cierto. Quienes les advertimos fuimos nosotras. 

Esto es lo que sucedió. ¿Acaso podría ser de otra manera? Más de dos mil años después, nuestro espíritu vuelve cada seis de enero para llenar de ilusión a niños y niñas y a todos los que, por un día, se hacen como ellos. A nuestros maridos la leyenda los ha revestido (tal y como hicieron ellos) de brillos y oropeles, les ha puesto coronas y los ha convertido en reyes. Nosotras, sin embargo, hemos quedado en el olvido, tal vez porque llegamos a Belén como aquellos humildes pastores, con la sencillez del amor y de la verdadera sabiduría, pero no nos importa porque nuestra presencia sigue ahí cada vez que la magia inunda los corazones con la pura gratuidad de quien solo busca el pequeño detalle que hace olvidar, aunque sea por un momento, las penalidades de la existencia. 

Aisha
Esposa del mago Gaspar



  

miércoles, 7 de marzo de 2018

DE REIVINDICACIONES, HUELGAS Y CELEBRACIONES



A M.T.S.G., porque nunca una huelga
tuvo tanto sentido.


Cada vez me gustan menos esos mensajes sobre lo maravillosas y estupendas que somos las mujeres y lo mucho que valemos, sobre todo cuando aparecen en vísperas del 8 de marzo, tanto si los comparten varones como si lo hacemos nosotras mismas.

Y no me gustan por varios motivos.

En primer lugar porque, cuando los envían los hombres, veo en ello cierto paternalismo condescendiente y muchos deseos de autojustificarse: «¿Ves que yo no soy machista, que yo sí os valoro?», y cuando lo hacen las mujeres encuentro en ello autocomplacencia a un tiempo de adormecimiento y falta de perspectiva.

Porque es que, para empezar, las mujeres, por el mero hecho de haber nacido como tales, no somos mejores ni tenemos por qué serlo, pero tampoco poseemos todas unas cualidades innatas distintas a las de los varones: cada una somos de nuestro padre y nuestra madre y hemos nacido de una leche. Por ser mujer no soy ni más hacendosa, ni más cuidadosa, ni más ordenada, ni más dada a nada. Vamos, que no soy de Venus lo mismo que ellos no son todos de Marte, porque también podemos ser de Urano o de Mercurio. ¡Ah! Y en mi caso se me da de vicio orientarme, con o sin mapa, pero al mismo tiempo soy incapaz de mantener ordenado con esmero el cajón donde se guarda mi ropa interior.

Pero es que además, este día no va de eso. El 8 de marzo no es el «Día de la Mujer» a la manera del «Día de la Madre». No es una fiestecita para celebrar y para decirles a las féminas lo estupendas que son o mandarles felicitaciones y ramos de flores, sino una jornada para reflexionar y para reivindicar, para poner de manifiesto que si algo hemos conseguido, nadie nos lo ha regalado, que ha sido a base de lucha, tanto personal como colectiva, y que el feminismo es una filosofía y una praxis de igualdad, que no quiere poner a nadie por encima de nadie, sino dar a todos, hombres y mujeres, el sitio que como seres humanos plenos y libres les corresponde.

Por tanto, en esta fecha no quiero felicitaciones porque nacer mujer, y en según qué parte del mundo lo hagas, más, no es ninguna bicoca y no está el patio para felicitaciones, sino para reivindicaciones. Y no, no me vale eso de que ya lo hemos conseguido todo, porque es una falacia. Algunas, gracias a nuestros esfuerzos  unidos a las circunstancias que nos han rodeado, hemos conseguido un desarrollo personal satisfactorio, semejante al de muchos varones de nuestro entorno, es cierto, pero aun las más privilegiadas, entre las que no dudo que me encuentro, hemos padecido en más de una ocasión alguna que otra pequeña infamia machista, ya sea en forma de grosería, tocamiento, condescendencia varonil o necesidad de demostrar en demasía nuestra valía. Y de ahí para abajo.

Sí, porque también en nuestras sociedades occidentales, en las que ya hemos conseguido que no se nos lapide por adúlteras ni se nos mutile nuestra más íntima anatomía o se nos cubra de pies a cabeza, en las que en teoría las leyes nos colocan en plano de igualdad y, una vez llegadas a la mayoría de edad, ya no tenemos que solicitar la firma de nadie para nada, en estas sociedades supuestamente «avanzadas», queda mucho camino por recorrer. Que existan juezas, ministras, investigadoras, empresarias o escritoras, que las aulas universitarias estén colmadas de chicas o que algunos (que no todos) de los catálogos de juguetes no diferencien entre juegos de niñas y juegos de niños o en los institutos se hable de violencia de género no significa, ni mucho menos, que la igualdad se haya logrado y, a poco que nos distraigamos, lo más probable es que empecemos a retroceder.

Ninguna mujer nace víctima, ni las que han visto la primera luz en Occidente ni las que lo hicieron en cualquier zona desfavorecida del Planeta, por la sencilla razón de que ningún ser humano lleva el victimismo en los genes. Por eso nunca se me habría ocurrido educar a mi hija como tal: la he educado para que se sienta igual a su hermano y para que tenga los ojos muy abiertos para detectar las trampas del sistema, para darle instrumentos que la ayuden a protegerse de los depredadores. Pero eso no significa que, desgraciadamente, una gran mayoría, en mayor o menor medida, termine por ser convertida en víctima por el patriarcado, algunas nada más pisar este mundo. Y me parece una frivolidad de nueva rica, una falta total de sororidad con las más desfavorecidas afirmar lo contrario desde esa siempre falsa seguridad (porque en la vida todo es azaroso) que da verse encumbrada en la cima, con total olvido de las circunstancias favorables que tornaron más fácil y venturosa la escalada.

Así que mañana, aunque con ello no arregle el mundo, esta humilde amapola silvestre piensa sacar a pasear el violeta de su corazón multicolor para reivindicar a aquellas que no han tenido su suerte:  por las lapidadas y mutiladas, por las condenadas a la pobreza más extrema, por las refugiadas de todas las guerras y las muertas en todos los feminicidios, pero también por las que aquí, tal vez a pocos metros, viven el infierno del maltrato, por las que no pueden conciliar o las que soportan la doble jornada porque, como no tienen atributos masculinos entre las piernas, se entiende que son ellas las que tienen que cargar con todo el peso del cuidado, con las faenas de la casa y la intendencia doméstica después de haber currado ocho horas en cualquier empleo, precario o no, y también, ¿por qué no?, por mí misma, por todas las guarrerías que en mi vida he tenido que aguantar, por las veces que tuve que soportar que manos masculinas no deseadas se posaran en mi anatomía, por los comentarios fuera de lugar que mis oídos han tenido que escuchar y porque me da mi reverendísima y eminentísima gana, que es una señora a la que no dejo de obedecer y reverenciar.

Por cierto, ahora que lo pienso, aunque, como decía antes, el Día de las Mujeres Trabajadoras no es como el Día de la Madre, no estaría nada mal hacer que también aquel fuera como este y en vez obsequiar a las mamás con regalitos y mandarles felicitaciones almibaradas, podríamos plantearnos una jornada de lucha y reivindicación por otro tipo de maternidad más gozosa, libremente elegida, compartida y menos sacrificada. Lo iremos pensando.


NOTA: Este artículo sale hoy 7 en vez del 8 porque mañana este blog estará cerrado por huelga y reivindicación.



sábado, 3 de marzo de 2018

EL "GUASAP" TIENE GUASA



Hace algunos fines de semana mi hijo, que me había asegurado que sólo salía a despejarse y que volvería pronto, no vino a dormir a casa. Cuando por la mañana noté su falta, lo llamé por teléfono para ver dónde había tenido a bien plantar sus reales, pero el aparatejo estaba apagado o fuera de cobertura. Es ya mayor de edad, responsable, y no iba a correr a la policía a denunciar su desaparición, ¡sería absurdo! Además lo más sensato era pensar en un cambio de planes y un móvil que se queda sin batería. Sin embargo, hasta que no lo vi entrar por las puertas no me quedé tranquila. No es que sea una madre controladora (lo que no quiero para mí no lo quiero para nadie), pero en casa solemos avisar al resto cuando no vamos a aparecer por la noche por mera consideración, por eso le pregunté que por qué no lo había hecho. Su respuesta fue que me había puesto un mensaje por esa conocida aplicación de mensajería rápida que la inmensa mayoría de usuarios de telefonía móvil tiene descargada. Y en efecto, así era: "Mamá, duermo con X, no me llames que se me está acabando la batería".
¿Qué había pasado? Pues que su mensaje se había perdido debajo de una montaña de notificaciones, unas necesarias, como la de su hermana advirtiendo de algo similar o la de unas amigas con las que había quedado esa noche y me decían el lugar exacto de la cita, y la mayoría completamente superfluas y absurdas: el enésimo mensaje sobre lo que ganan los ministros y lo que cobran los jubilados (que sí, que es sangrante, pero lo sé de sobra y no necesito que me lo envíen cuarenta contactos al mismo tiempo); la cadena que ni después de haberme bebido Jerez, los Puertos y la Rioja juntos voy a pasar sobre lo estupenda que estamos las mujeres después de los cuarenta o esa otra, que ya ni tras haber acabado con todo el suministro de absenta de los ejércitos de Luis Felipe de Francia reenviaría, para que San Cucufato o el santo que sea me dé suerte; el mismo chiste facilón y tonto que te envían todos aquellos que se creen muy chistosos y que todavía no se han enterado de en qué parte de su anatomía tienen la gracia ni de que ese tipo de cosas en vez de una sonrisa pueden sacar lo peor de mí; bulos varios, a los que a estas alturas ningún adulto debería dar crédito; invitaciones masivas enviadas a troche y moche a toda la lista de contactos para actos a los que no voy a asistir, primero porque no tengo tiempo y segundo porque ya sólo respondo a invitaciones personalizadas en las que alguien se molesta al menos en escribir mi nombre y un "me gustaría que me acompañaras"; y hasta un poema de alguien que debe pensar que todos aquellos de cuyos números de teléfono dispone no pueden pasar sin su última ocurrencia.
Y es que creo que con tanta mensajería y tanta aplicación hemos perdido el norte y las formas. En el año 2004, una convocatoria por SMS desenmascaró las mentiras de un gobierno e hizo que un partido perdiera las elecciones, y la Primavera Árabe no habría tenido lugar sin esa novedosa forma de comunicación que son los dispositivos móviles, ejemplos que ponen de manifiesto el poder que pueden llegar a tener tales herramientas. Pero, desgraciadamente, con ese poder ha pasado lo mismo que con el amor al que cantaba "La más grande": que se ha roto de tanto usarlo. Hace unos años, un SMS costaba dinero por lo que enviarlos a cascoporro podía significar un susto morrocotudo al recibir la factura de la compañía, así que la gente se lo pensaba dos veces y sólo mandaba aquello que verdaderamente era necesario. Si recibías una convocatoria, tenías la certeza de que el asunto merecía la pena y más si llegaba de la mano de más de un contacto. Pero ahora, lo más seguro es que, lo mismo que ocurrió con el mensaje sabatino de mi hijo, ni siquiera lo vieras porque se perdería en medio de capas y capas de hojarasca inútil, de advertencias que llevan meses circulando, de historietas gastadas y de una surtida variedad de homenajes al ego.
Y es que no acabamos de aprender. Cuando, a inicios de la centuria, el personal empezaba a acceder a la red, había que temer a aquellos amigos que se estrenaban en las ciberlides del correo electrónico pues, con la furia del converso, no paraban de reenviar todo aquello que caía en sus bandejas de entrada, desde la famosa lista en defensa de la libertad de vestimenta de las mujeres afganas (que resultó ser una estafa para recoger direcciones de correo) hasta los ya obsoletos power point con imágenes y música evocadoras y textos para hacer pensar, que a mí me resultaban un trasunto digital de los póster de mi adolescencia. Por fortuna, el fervor los abandonaba pronto y poco a poco, notabas cómo sus envíos comenzaban a decaer y podías descansar hasta que otro conocido tomaba el relevo. La normalización de esta forma de comunicación y el hecho de que ahora hasta mis gatas tengan una cuenta de correo han hecho, venturosamente, desparecer este fenómeno y ya sólo ciertas empresas hacen esos molestos y poco deseados envíos.
Pero no cantemos victoria porque quien nace pesado se muere jartible y si no da la lata por un sitio, pues se va a darla por otro que es todavía peor. Antes, para mandar un correo, había que esperar la hora de la tarifa plana, sentarse delante del ordenador, abrir la cuenta y buscar aquello con lo que hacerse por milésima vez en la semana presente a los amigos. Ahora todo es más simple porque el dispositivo móvil nos acompaña a todas partes y para muchos, el guasap, que tiene guasa, se ha convertido en la distracción favorita mientras van en el autobús o esperan la cola en el supermercado. Y eso por no hablar de los grupos, que como las armas, los carga el diablo.
En mi opinión, sólo se trata de algo tan simple, pero al mismo tiempo tan escaso, como la sensatez y la cordura. Si no me invitas a una cervecita para de paso contarme el último chiste que has oído, si no te tomas un tiempo para llamarme por teléfono y comunicarme personalmente que haces una actividad, si no te paras a comentar conmigo lo mal que va el mundo, lo corrupto que son nuestros políticos o la injusticia que se está cometiendo con nuestros mayores, si no me dices, a mí, por mi nombre y mirándome a los ojos lo importante que soy para ti y que me consideras un ser especial, por favor, deja de darle al pulgar para mandarme la misma historia que a todos los que están en el elenco de tu celular. Si quieres difundir todo eso, ponlo en tus redes sociales o imprime carteles y pégalos por tu barrio o haz pasquines, pero, por favor, deja de martillearme con lo mismo que me martillean cincuenta, que no necesito ni que me digas lo mal que está el mundo, que ya lo sé, ni que me cuentes la última gracieta que corre por las redes, y que lo mismo a mí puñetera la gracia que me hace, ni que me digas que soy lo mismo de especial que son todos aquellos que un día te dieron su número de teléfono.


miércoles, 1 de noviembre de 2017

NOCHE DE DIFUNTOS

Revolotean entre mi pelo los espectros,
los fantasmas del ayer, ánimas benditas
del purgatorio de mis recuerdos.
Se suben en mis hombros,
 se arrebujan en mi regazo
y dormitan al calor de mi cuerpo.
Llegan sigilosos con paso felino
y ocupan su lugar a la diestra de mi sombra
para escanciar la copa de la nostalgia,
que degusto en morosa complacencia
tras silencioso brindis por las historias
y las ausencias lloradas que viven en mis sueños.

Polvo y ceniza, se marchan los difuntos
en la santa compaña del olvido.



sábado, 29 de julio de 2017

FELIZ CUMPLEAÑOS A UNA NIÑA DE CIEN AÑOS

Recuerdos de pan con chocolate, de tardes tras las clases (esa odiosa jornada partida), de los cuentos de mi abuela y las sillas del comedor, de una tele en blanco y negro, una sintonía: «Un globo, dos globos, tres globos...», y una señora, que entonces me parecía mayor, de aspecto bondadoso, sonrisa amable y voz cascada, una señora que regalaba poemas, una señora muy distinta a las señoras al uso por aquellas fechas.

Así conocí a Gloria Fuertes, en la primera mitad de los setenta, como la conocieron tantos niños y niñas de mi generación, a los que nos intentó transmitir el gusto por sus versos y sus rimas, en los que, tras su apariencia ingenua, se escondían a veces verdades como puños que de otra manera la poeta no habría podido contar a los tiernos infantes de aquellos años fríos y grises en que habían sido compuestos, a los que sus palabras ponían un poco de luz y color en medio de tanta oscuridad. Porque no cabe duda que despertar en los niños el amor por la vida, por las gentes, por la naturaleza, los animales y las letras puede llegar a ser uno de los mayores actos de rebeldía frente al desatino.

Fue mucho después cuando conocí a la «poeta de guardia» del postismo, a la de la Isla Ignorada, la que hacía lírica desde el humor y la ironía a veces, otras desde la ternura, las más de las veces desde el compromiso con el sufrimiento humano, pero siempre desde la sencillez de quien busca más «contar lo que pasa que contar las sílabas,» de quien al «viento llama viento» y ama la sangre que corre por las venas.

Hoy es el cumpleaños de una niña de cien años, porque Gloria tuvo el don de hacerse siempre niña, con esa fresca ingenuidad de quien cree en la vida, en los sueños, en que la poesía puede cambiar el mundo, y ofrece un poco de belleza escrita en un papel a quienes pasan frío en las noches de invierno. Niña, divina loca, solitaria a un tiempo que solidaria, irónica a la vez que tierna, castiza y universal, religiosa y revolucionaria, libre en el amor, feminista y pacifista, en resumen, Gloria Fuertes.


GUARDIA POÉTICA

«...en esta noche en la que, como en casi todas,
soy poeta de guardia».
(Gloria Fuertes)

Porque la tierra sigue vomitando
niños muertos con metralla
y Manolo (o Samir) marcha cada día a la guerra
para no volver;
porque a los jóvenes ya
ni siquiera le salen oficinas
y los abuelos siguen convocando a la luna
para ser tres con su sombra;
porque a la niña se le escapó
el globo de su inocencia
y los árboles gigantes se suicidan
en los bosques negros, calcinados;
porque aún no hay pobres por vocación,
sino pobres a la fuerza, empobrecidos,
y por cada estatua de un dictador que se suicida
se erigen veinte de sátrapas en la sombra,
necesitamos poetas de guardia,
poetas-isla para acoger
marineros huérfanos sin tierra,
vigías de la palabra de sobria ternura.
Necesitamos la gloria de tu voz
para hacernos fuertes frente al desatino.
(Inma Calderón. Publicado en la antología Homenaje a Gloria Fuertes en el centenario de su nacimiento. Ed. Jardín de Judith, 2017)


miércoles, 8 de marzo de 2017

UNAS REFLEXIONES DESLAVAZADAS EN UN 8 DE MARZO

Mi infancia son recuerdos de un patio no sevillano, como el del poeta, sino de colegio femenino, de juegos "de niñas" y de una falda de uniforme que picaba horrores. También de recomendaciones del tipo "échate la ropa antes de sentarte y hazlo con las piernas cerradas", "aguántate las faldas que se te ve el culo" o "sé más femenina y menos desaliñada", y es que a mí siempre me ha molestado ir revestida, creo que mi estado ideal sería el del paraíso terrenal, y me encantaba que mi querido viento de levante me arremolinara los bajos. 

En mis libros escolares apenas aparecían mujeres: Isabel la Católica e Isabel II y Rosalía de Castro en el de Literatura de segundo de BUP, más alguna mención de pasada a Beatriz de Galindo, Gertrudis Gómez de Avellaneda, mi querida Tula, Carolina Coronado o Marie Curie. Eso sí, el de Latín de tercero tenía en portada el busto de una patricia representado en un mosaico. 

Mi adolescencia fue tiempo de rebeldía, de no acomodarme a los modelos al uso. Fui una chica rara a la que los amoríos interesaban poco, a la que los chavales de su edad le resultaban insulsos y las famosas conversaciones "de chicas" le hastiaban sobremanera. Sin embargo tuve muy buenas amigas. Las cosas cambiaban y por fortuna ya había muchos "bichos raros" como yo. 

En mi juventud hay recuerdos que nunca debieron estar ahí. No puedo decir que me hayan marcado, gracias a que mi natural no es dado al reconcome, pero sobre todo, no lo han hecho porque en esos momentos siempre me negué a ser el sujeto pasivo: borderías, "piropos", tocamientos, exhibiciones no deseadas, sustos... Sin embargo, estos incidentes jamás debieron ocurrir, ya que, fuera cual fuera mi actitud hacia ellos, me pasaban por el mero hecho de ser mujer, por ser una chica a la que le daba la gana llevar la falda corta, volver sola de noche por las callejas del Barrio de Santa Cruz o simplemente tener la osadía, ¡madre mía!, de ir salir a en pleno día a la calle, ¿quién ha visto tal atrevimiento? 

Hoy también quiero tener un recuerdo para esos profesores que todavía nos miraban con condescendencia a las estudiantes y también para aquellos ante los que tuve que plantar mis armas (Latín, Griego, Hebreo y conocimientos de crítica literaria y exegética) para dejar de ser "la niña" en Teología, pero sobre todo para aquel patrono que rechazó la propuesta de otros profesores (los que reconocían mi valía sin mirar sexo) para que me hiciera cargo de la asignatura de Latín porque "una mujer nunca ha sido profesora del CET". Veintidós años y primer desengaño laboral.

Y sí, en mi vida ha habido de todo. Tengo que reconocer que más bueno que malo: siempre he tenido grandes amigos varones muy cómplices, sé que he sido y soy valorada por mi trabajo y por mis escritos y en la cuestión sentimental el balance de mis experiencias es positivo. 

En esta mirada retrospectiva de 8 de Marzo, soy consciente de que al lado de otras mujeres, puedo considerarme una privilegiada: en medio del sistema patriarcal en el que todos, hombres y mujeres, vivimos, no he sufrido mutilaciones en mi cuerpo ni he sido obligada a casarme de niña con un desconocido, he podido estudiar aquello que elegí y desarrollar mi vocación profesional con más o menos trabas, manejo mi propio dinero, fui madre cuándo y cómo quise, y nunca ninguna pareja me ha maltratado ni física ni psicológicamente. 

Y ahora vendrán los que digan que de qué me quejo, que para qué reivindicar, si ya está todo conseguido, al menos en nuestra sociedad.

¿Para qué?

Pues muy sencillo. Ya va por delante que he dicho que me considero una privilegiada, pero también que no soy paradigma de nada. Mientras una sola mujer sea discriminada, en cualquier sociedad, por el mero hecho de serlo, habrá que seguir luchando.

Pero es que además, a esta "privilegiada" la educaron de modo diferente a sus hermanos varones, la trataron a veces como un objeto del que se puede opinar con descaro y al que se puede manosear, intentaron (porque en mi caso no pudieron) coartarle su sacrosanta libertad de vestir como mejor le pareciera y de ir a donde le diera la gana a la hora que mejor le conviniera, todavía la miraron ciertos dinosaurios académicos (que no fueron mayoría, pero más de uno hubo) con condescendencia y le negaron su primera oportunidad laboral por llevar faldas (por cierto, el que se la negó también las llevaba). Así que, de ahí, para abajo. 

Porque aunque lo mío no ha sido lo más grave, no quiero que mi hija tenga que pasar por ello. Por eso a mi hija la he educado igual que a su hermano, sin ningún plus ni de sumisión ni de pudor. Pero, desgraciadamente, a la sociedad todavía le falta mucho para garantizar que nuestras hijas no vayan a ser discriminadas, tratadas como objetos, violentadas o maltratadas. 

Para dejar un futuro mejor a las que nos sucederán, en memoria de las que nos precedieron y para reivindicación de las que hoy todavía están oprimidas, seguiremos en la brecha. Es día de reivindicación, pero desgraciadamente todavía no lo es de felicitación. 





jueves, 2 de febrero de 2017

MIRADA


Ni la oscuridad de las negras simas,
ni el silencio abisal de las profundidades
enredado entre las sombras de los espectros,
ni el rojo engañoso del fruto de la granada
o los fatales abrazos de Hades
lograron, mi Perséfone, apagar el brillo de tus ojos.
Porque eres luz y a la luz vuelves,
porque tu corazón alberga mil ternuras
y tu mirada proyecta tonalidades
en un arcoíris henchido de promesas,
descubres que sólo tú pintas la vida,
que hay en tu alma una paleta de colores,
una gama sin fin de emociones y sueños,
polvo de estrellas, hilos de esperanza
para tejer el bello tapiz de tus anhelos.

(Del poemario Perséfone)