jueves, 18 de agosto de 2016

FEDERICO, LA VOZ QUE PERDURA

A Federico y a ese libro prohibido en el que de niña aprendí a amar la poesía. 

Unas páginas blancas, sutiles,
finas como ala de mariposa
(¿mariposa, estás ahí?),
sábanas blancas para acunar
la libertad cual bordada bandera
(¡ay, niña Mariana!),
vendas para empapar la sangre
de las negras nupcias con la muerte
(dos bandos.  Aquí ya hay dos bandos).
Unas páginas compactas, apretadas,
para contener la voz y la memoria,
el llanto de la guitarra y la danza del negro
(¡arena de caimán y miedo sobre Nueva York!),
oasis recóndito
donde sin miedo brota
el agua de los versos callados, reprimidos,
de la boca vilmente asesinada
(el  niño busca su voz, la tenía el rey de los grillos).
-Mamá, ¿tú conociste a Federico?
-No, hija, lo asesinaron.
-Pero si era un poeta, ¿quién puede matar a un poeta?
(compadre, quiero morir
decentemente en mi cama).


domingo, 5 de junio de 2016

LADRÓN DE LUZ


Yo era un cazador de quimeras, un loco divino, un artista en bancarrota cuando la encontré. Estaba a punto de dejar atrás la juventud, de dar por perdidos todos los trenes, de beber el cáliz de la derrota y resignarme a ser el mercenario que emborrona lienzos por encargo para satisfacer la vanidad de los burgueses cuando la conocí.

Era la estación del apogeo de los girasoles y un resplandor radiante se colaba por la ventana. Su padre, mi cliente, pensaba que era el mejor ambiente para pintarla, pero a mí, cuando la tuve delante, no me hizo falta nada más. Enseguida sentí un magnetismo salvaje que me llevaba hacia la muchacha y su mirada me envolvió en la luminosa serenidad de su belleza. Entre ambos se estableció una tácita comunicación hecha de gestos y de silencios. Ella, en la medida que se lo permitía el recato de su timidez, me mostraba su entusiasmo por mi obra y yo, sin abandonar el que sabía mi puesto de asalariado, de artista por encargo, le devolvía mi complicidad en forma de sonrisas corteses y palabras amables. Pero ambos sabíamos que, al mismo tiempo que aquel retrato, entre los dos estábamos tejiendo un vínculo sutil que nos ataría por encima del tiempo y el espacio.

La tarde que terminé mi trabajo, una tarde dorada de vendimia, me despedí de la muchacha y corrí colina abajo respirando el olor agridulce a uva y mosto joven que llegaba a mis pulmones para embriagar, más aún si cabe, mi sangre y mis sentidos. Mi cliente, complacido, me había pagado el precio estipulado, pero yo me llevaba un bien más preciado que aquellos billetes que engrosaban mi monedero, un bien que desde entonces siempre me acompañaría y que sería mi gloria y mi condena.

Empecé a pintar como un poseso. Febril, convertía la blancura de los lienzos en luz, su luz, no podía dejar de plasmar en un sinfín de formas, de imágenes, aquello que se había apoderado de mis entrañas, que me quemaba hasta el tuétano. Pinté y pinte, me olvidé de todo, me abandoné a ese frenesí, a ese vértigo creador por el que nunca antes me había deslizado. Ya sólo vivía para mi arte, el que creía mío, el que me brotaba del corazón y manaba por todos los poros de mi cuerpo.

Y puedo decir que triunfé: Barcelona, París, Londres, Nueva York… Las exposiciones se sucedían al mismo ritmo vertiginoso con el que yo creaba, innovaba y experimentaba. La crítica se rendía a mis pies, las galerías más prestigiosas me disputaban, me había hecho un nombre, mi nombre, y mi firma, otra distinta de la de aquel joven retratista de burgueses y señoritos convertía en oro todo lo que tocaba. Era el contraste, decían, de la luminosidad serena con el atrevimiento formal lo que hacía algo único de mi pintura. Pero sólo yo conocía el manantial del que brotaba mi arte.

Por eso, cuando el tiempo quebró la lozanía en mis huesos, sentí que era el momento de volver. Ante los ojos del mundo yo era un ganador en la cima, pero a mí el espejo  me devolvía la imagen de un viejo exiliado con la soledad en los ojos, un artista desgastado capaz tan solo de pintar añoranzas.

Así que otra tarde en la plenitud del verano, volví a subir la ladera de los girasoles y las viñas y de nuevo crucé el umbral de su casona. Ya no era aquel pintor temeroso al que el fracaso pisaba los talones, no era el retratista a sueldo quien retornaba, sino la vieja gloria que ha pretendido comprar el pasado y sólo ha encontrado las ruinas que el tiempo ha dejado en su lugar. La mansión, las viñas, el campo de girasoles, todo era ahora de mi propiedad, pero en  ese momento comprendí que el hombre nunca puede apropiarse ni del instante ni de la felicidad.

Y así fue como la encontré en un rincón del sótano, abandonada a la desidia del tiempo con la sola compañía de las ratas y las arañas que parecían querer abrigarla con sus telas. Nunca pensé que se produciría de ese modo nuestro reencuentro, que la vería cubierta de polvo y suciedad pero bella y luminosa como antaño. Recogí el lienzo del suelo y, como si se tratara de ella misma, lo limpié con mimo y esmero, acariciando casi con el paño su rostro eternamente anclado en la juventud.

El hallazgo del cuadro me conmovió profundamente. Quise saber de ella, de la mujer que me había llenado de luz, de esa fuente viva de la que desde entonces había brotado mi obra. Si había vuelto, ahora sabía que era por ella. ¿Dónde y cómo se encontraría? ¿Recordaría todavía a aquel artista sin suerte que la retrató?

Supe así de sus desdichas, que la vida no la había tratado bien, que la desventura la había perseguido y la tristeza había terminado por apagar el resplandor sereno de su mirada. Me sentí entonces como un delincuente, un vil ladrón, el ladrón de su luz, la que yo me llevé aquella tarde de otoño, esa por la que me felicitaban críticos y entendidos, la que iluminaba mis lienzos y me había elevado a la categoría de artista. Yo se la arrebaté mientras intentaba plasmarla en su retrato para que ni el tiempo ni las penas la pudieran marchitar.

Por eso en aquella aséptica habitación blanca, lo que hice ante aquella mujer tempranamente envejecida de ojos errabundos no fue sino un acto de restitución. Tomé sus manos entre las mías y le hable suavemente, como se habla a los niños, de aquellos días en que posaba para mí, en los que yo era mariposa girando alrededor de su luz, mientras le acariciaba el rostro suplicándole que, aunque sólo fuera durante un segundo, volviera del país de las brumas en el que su mente había instalado su residencia. Y el milagro se produjo: fue entonces cuando  sus pupilas perdidas volvieron a iluminarse para que retornara la clara serenidad de su mirada, y el rostro macilento de aquella prematura anciana se tornó, cual espejo, en reflejo del lienzo rescatado del polvo y de la amnesia del tiempo.

Ilustración: Casa con girasoles de V. van Gogh. Colección particular.


miércoles, 6 de enero de 2016

NO ES POR NADA, PERO YO YA LO ESCRIBÍ HACE ALGUNOS AÑOS: EL CUENTO DE LA REINA MAGA


No es por reabrir polémicas que para mí no son tales, ni por dar remoquete a nadie, que no es día para ello, sino para la ilusión y para disfrutar, pero la diatriba del día de Reyes de este 2016 me hizo el otro día desempolvar de bites antiguos y sacar del cyberdesván de los discos duros olvidados un relato que escribí hace ya al menos trece años y que, montado en un power point muy mono, porque entonces todavía no era capaz de las virguerías gráficas que ahora más por obligación que por devoción hago, me sirvió de felicitación de Navidad.
Era, algunas de las personas que me leen es posible que lo recuerden, un cuento navideño feminista y teológico, lo reconozco. En él se puede ver sin lugar a dudas la pluma de la Teóloga de las Arenas así como el ramalazo contestatario de la que en esos momentos estaba hasta el gorro de lecturas patriarcales de la tradición, pero os puedo asegurar que en ningún momento falsea las verdades filológicas y simbólicas de los textos, que son las únicas que en ellos podemos encontrar, porque las históricas lo cierto es que brillan por su ausencia: el evangelio de la infancia de Mateo habla de "magoi", es decir, sabios, astrónomos, que no reyes, y no precisa ni el número, ni el nombre, ni mucho menos el sexo pues en griego de la koiné el masculino es el género no marcado que, en plural, abarcaría tanto al propio masculino como al femenino (algo que gustan, por cierto, mucho de recordar quienes se oponen al lenguaje inclusivo, pero esa sí que es otra historia). 

Así que, según el texto de Mateo, lo que tenemos es una serie de sabios que, como solía ocurrir en las leyendas de todas las personalidades importantes, habían visto la estrella natal del Mesías y acudían a adorarle con presentes, oro, incienso y mirra, es decir, la representación simbólica de la acogida del mensaje de Jesús por parte de los paganos, nada más. El resto se debe a una tradición que se fue forjando a lo largo de los siglos, sobre todo en los apócrifos y la Edad Media, y que a principios del siglo XX en España fijó una determinada iconografía. 

Por eso en mi cuento aparecía un personaje femenino, una maga, alguien que se perdió en las brumas de los tiempos y que mi fantasía recuperaba para unirla a sus compañeros varones y, de paso, poner un poco de sensatez en esa historia. Aquí os lo dejo con mis deseos de que en esta noche mágica volváis todos a ser un poco niños y dejéis que la imaginación vuele con sus propias alas.

Cuenta un viejo papiro perdido entre las telarañas de unos secretos archivos que los Magos de Oriente no fueron tres, como afirma la tradición, sino cinco. Del cuarto Rey Mago ya nos han llegado noticias. Fue aquel que se perdió entre los vericuetos de la solidaridad y, cansado y moribundo, alcanzó a conocer al Nazareno agonizante en la cruz.

Del quinto, mejor dicho, de la quinta, nada se sabía, tal vez porque su memoria padeció el olvido y la invisibilidad que tantas veces sufrimos las mujeres, tal vez porque su figura fuera demasiado subversiva como para ser incorporada a la tradición. Por eso hoy he querido rescatarla para vosotros. ¿Leyenda o realidad? No lo sé. Tomáoslo como un bonito cuento, un cuento de Navidad.

Nuestra protagonista era una sabia del Oriente, perita en variopintas materias, conocedora de la naturaleza y del curso de los astros, que había avistado la estrella del Niño de Belén y en una encrucijada se había unido a la caravana de sus conocidos compañeros. Así, llegó con ellos hasta la cueva en donde lo encontraron junto a sus padres.

Al lado del oro, el incienso y la mirra, con toda su carga simbólica, nuestra amiga dejó unos regalos que creyó más apropiados para un recién nacido: pañales, que una madre nunca tiene bastantes, ropita de abrigo, unos patucos… Y reparando en el desorden que reinaba por doquier y en el cansancio de la joven María, casi una niña, tomó a la criatura, se la acercó al seno para enseñarle, paciente, el femenino arte de amamantar mientras con firmes argumentos convencía a José de que en esos momentos debía ser él quien se ocupara de las labores domésticas, por más que aquello sonara a herejía entre los varones de aquella sociedad.

Y a María habló de esta manera: “Desde mi tierra lejana he visto la estrella de tu hijo y he podido comprender que se trata de un elegido que traerá un mensaje de salvación a la humanidad, la esperanza para los pobres y oprimidos, ¿y quién más oprimido que nosotras las mujeres? Se nos margina por nuestra propia naturaleza, seres impuros de los que hay que huir y en los que no se puede confiar. El mensaje de tu hijo trastocará este orden de cosas, por más que vengan luego otros que utilicen sus palabras para continuar sometiéndonos. Pero algún día serán las propias mujeres quienes, por debajo de la hojarasca de los siglos, liberen sus palabras de esas falsas interpretaciones y no tengan ya más miedo a su propia liberación”.

¿Fue en este momento cuando María comenzó a guardar las palabras en su corazón?

jueves, 31 de diciembre de 2015

VENTUROSO 2016


Ojalá y que el año que comienza sea en nuestro planeta el del despertar a una nueva conciencia más solidaria y respetuosa con la tierra y todos los seres que la habitan. 

domingo, 1 de noviembre de 2015

"TOSANTOS"



La atmósfera dorada se transmuta en sueño,
el atardecer temprano que pinta soledades
abre el umbral por el que transitan los espíritus
en busca de la luz en medio de las sombras.
Las azofaifas, el membrillo, los tubérculos ocultos
que cual ánimas en pena surgen del inframundo,
el corazón del erizo en mi pequeño canasto,
aparición del espectro de quien fui,
esa niña perdida a la que mató el tiempo
que vuelve esta noche llevando de su mano
la santa compaña del recuerdo.


miércoles, 2 de septiembre de 2015

CUANDO ENMUDECE EL CORAZÓN

Me niego a poner la fotografía. No puedo. Es que casi no me salen las palabras mientras la pena, la rabia y la vergüenza se apoderan de todo mi ser. La pena porque no otra cosa puede inspirar la imagen de una criatura asesinada víctima de la iniquidad y la ambición de los poderosos que siembran la que debería ser hermosa faz de nuestro planeta de guerras, de muerte y de miseria; la rabia porque es el sentimiento que me embarga cada vez que un ser inocente e indefenso sufre cualquier tipo de maltrato o de muerte; y vergüenza, mucha vergüenza por pertenecer a la especie dañina y nociva que en vez de proteger a los suyos, los aniquila, a una humanidad indiferente ante tanto dolor y tanto desatino.

No pondré esa fotografía, esa terrible instantánea que me ha paralizado el corazón, por respeto a la criatura y a sus padres, que posiblemente también murieron mientras intentaban infructuosamente sacarlo a flote. 

La humanidad se desangra en estas tragedias. Siria, la bella Siria, la tierra añorada de mi viejo amigo Abukassim, que a ella fue a morir tras muchos años en Sevilla invitándonos a su té negro y regalándonos sus historias en ese su peculiar castellano sin pes y sin íes, es hoy un infierno de desolación y muerte del que huyen estas pobres almas sin destino entre las que se encuentran esos niños y niñas que tendrían que estar correteando entre las faldas de sus madres, o portados a hombros por sus padres, seguros y felices, acunados por sus nanas en vez de perdidos en el mar de la aniquilación o intentando cruzar las alambradas del egoísmo europeo.

Esta entrada no tiene foto. No voy a utilizar su imagen. Era muy pequeño, inocente, muy indefenso, un ángel para arropar en el regazo, pero la iniquidad humana lo dejó, frío e inerte, a la orilla de una playa.


Como un ángel sin alas arrojado a las olas
que mecen y acunan tu sueño de muerte,
levedad de un suspiro que amamantó el miedo,
ternura truncada escupida a la arena.
La brisa es madre en la postrer caricia
para amortajar en llanto el horror del mundo,
criatura sin nombre en infancia clausurada,
inmolada en el ara de pertinaz locura.
Tu cuerpo curvado es un interrogante
que se clava cual hoz en nuestra indiferencia,
ofrendado en los brazos de la mar
como mudo alegato de la infamia,
cruel metáfora del humano desatino.